martes, 14 de diciembre de 2010

El docente equilibrado

Por Jesús M. Herrera A.

Publicado en El Mexicano: TIJUANA, B.C. / LUNES 13 DE DICIEMBRE DE 2010 / 19A

Aristóteles sugiere que somos animales de hábitos o costumbres, y a esto hay que añadir el hecho de que tendemos también a ser animales de extremos, por lo que resulta extraño guardar el equilibrio. Pues este antecedente trataré de aplicarlo aquí a la personalidad docente, desde la hipótesis de que el docente que se requiere es, precisamente, el que sabe guardar el equilibrio en tanto que evita los extremos.

Está probado que los extremos, que casi siempre se manifiestan en forma de radicalismos, son estériles. En lo sucesivo seguiré la propuesta que nos ofrece Napoleón Conde Gaxiola en “Hermenéutica analógica y formación docente” (Torres Asociados, México: 2005, capítulo VI), quien nos describe de manera erudita a la vez que precisa, en qué consisten los radicalismos o extremos a los que tiende el docente de hoy.

A un extremo lo denominamos unívoco y a otro extremo lo denominamos equívoco, y lo que se encuentra entre lo unívoco y lo equívoco es lo analógico: lo analógico viene a ser el motor de la prudencia, del prudente. Lo análogo intenta conciliar las relaciones entre lo unívoco y lo equívoco, partiendo del difícil reconocimiento de lo otro, lo cual casi siempre será lo que le falta a mis tradiciones, propuestas, conceptos, ideas, etc.

Lo unívoco es el extremo en donde impera la razón fría y calculadora, que inauguró Descartes al exigir que sólo se aceptaría como verdadero lo que tenga claridad, distinción e indubitabilidad en su obra más representativa: “El discurso del método”.

Conde Gaxiola, dice que el profesor unívoco es: “…autoposeído, orientado hacia la certeza absoluta, basado en interpretaciones finitas, monolíticas, de hechura omnipresente y omnipotente, dotado de una personalidad endogámica, egocéntrica y clausurada, partidiario del monólogo y profundamente alejado de una concepción igualitaria, afectiva y conversable del aprendizaje. Cuando se concibe la educación como un mercado sujeto a las leyes de la oferta y la demanda, este docente “homo faber” es el adecuado, debido a su visión instrumental, utilitaria y aerífica”.

Y continúa haciendo ver nuestro autor, que se trata de un profesor que ha absolutizado la certeza matemática (no obstante que los mismos matemáticos ya hablan de certezas débiles en la especulación matemática), con los correspondientes excesos: “El criterio de verdad del profesor unívoco es la correspondencia matemática de los enunciados cuantitativos. Todo su trabajo se basa en tablas estadísticas, infinidad de tipologías numéricas, curvas de medición, fórmulas y axiomas del aprendizaje, mitologías verificables, técnicas de ensayo y error… el profesor unívoco tiene un modelo de ser humano fundamentalista y totalitario, todo se aliena, enajena y cosifica”.

Y luego por reacción a este profesor cientificista, llega tal vez el más estilado actualmente, que es el profesor equivocista: quien también incurre en contradicciones, porque tendrá que pedir orden, el mínimo requerido para que se pueda desarrollar la clase, mientras que él desfilará con la bandera de desorden.

El profesor equívoco promueve “un saber indeterminista [dice Conde Gaxiola], marcado por la intangibilidad, la infinitud, la disyunción y la ausencia de límites… Se confunde la esencia con el fenómeno, lo universal con lo particular, la independencia con la carencia de confines y la ausencia de linderos. Es el imperio del fragmento y el reino de la pedacería”, llegando ya no a los excesos univocistas, sino a los siguientes defectos equivocistas: “El profesor equívoco niega las estructuras epistémicas. Se opone a la noción de ciencia y a cualquier metodología, es un crítico irracional de las matemáticas y de la más mínima disciplina. Parte de la idea de que la escuela es inservible… las propuestas instruccionales relativistas se oponen a toda planeación coherente y al más mínimo control institucional.”

Y pensando por ejemplo en la evaluación del alumno. Es necesario medir, pero sin exagerar, porque luego la opción múltiple y/o memorización siguen siendo el instrumento rector; es necesario dejar espacios a la creatividad para dejar al alumno aventurarse, pero también sin exagerar porque luego a cualquier actividad se le usa para evaluar al alumno.

Para evitar los extremos expuestos hablamos o proponemos a un profesor analógico. El cual no puede serlo sin un carácter personalista dice el autor que presentamos; y ya de suyo esta propuesta del uso del pensamiento analógico tiene un carácter personalista, porque, regresando con Napoleón Conde: “El modelo profesoral al que nos adherimos está centrado en el personalismo, es decir, del maestro en tanto microcosmos o análogo de todo el cosmos… El personalismo es aquella corriente de pensamiento que se basa en el valor superior de la persona frente a las cosas, asuntos o cuestiones… La mayoría de las teorías pedagógicas actuales [dice Conde] excluye no sólo la analogía y la hermenéutica [teoría y arte de la interpretación], sino también la noción de persona”.

No puede darse la analogía o el equilibrio en el educador sin tener en cuenta una actitud personalista, pues de lo contrario confundimos el proceso educativo (del cual se hará un dogmatismo) con el resultado: y luego los alumnos quedan en números ya sea para desacreditarlos por no ser tan capaces como se espera o desea, o para tratarlos como clientes; o al otro extremo: se irán a gastar recursos de toda índole para aprender a ser irracionalistas en extremo, expertos en el arte de la contradicción, donde lo lúdico perderá todo sentido porque se le va a exagerar, lo cual siempre termina en actitudes violentas inconmensurables, es otro modo de ser dogmáticos y agresivos.

La actitud personalista termina dándose, si uno se fija bien, como un modo ético de proceder en el ejercicio de la docencia. Hablar de analogía hemos dicho que cuaja en equilibrio dinámico, pero este equilibrio termina siendo antes que cualquier cosa, y de acuerdo con la filosofía clásica, algo que se vuelve ineludiblemente ético, como lo es la prudencia.

Lo anterior podrá actualizar algo fundamental de la educación: que si ella no es moral se desvirtúa; y este olvido de la condición personal del ser humano y con ello el olvido de su condición ética, ha producido una educación que si bien nos va es funcionalista, pero deja al ser humano incapaz para su desarrollo pleno: pues este desarrollo y plenificación humana, para llegar a lo que se ha de ser, a lo que se está llamado a ser en términos de felicidad; se trata de trabajar en lo educativo para forjar una persona como un sujeto explotando al máximo sus potencialidades, y es un sacrilegio que este fin educativo no lo contemple la educación pública y privada.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Mauricio Beuchot y la vida humana

Por Jesús M. Herrera A.

Publicado en El Mexicano: TIJUANA, B. C / LUNES 22 DE NOVIEMBRE DE 2010 / p. 33A

Expondré aquí en síntesis cuál es la postura y el planteamiento que hace Mauricio Beuchot, filósofo de la UNAM, en torno al asunto ético de la vida, tal vez es el más espinoso en estos momentos, cuando esto de la vida humana va de por medio en las mil y una voces en torno a la legalización del aborto.

Estoy comentando “Sobre el derecho a la vida, el aborto y el proceso inicial de la vida humana. Reflexiones Éticas”, que es parte de su obra “Temas de ética aplicada”, de la Editorial Torres Asociados (México: 2007).

Al inicio de este texto que presentamos, hay una advertencia necesaria, y directa en nuestro contexto mexicano: en tanto que la oposición al aborto sea sólo a causa de un prejuicio religioso, lo cual llega a suponer exageradamente en algunos, sin más, que no hay razones para oponerse a abortar. Entonces, es importante que nuestro autor advierta que la oposición al aborto no viene en primera instancia de prejuicios religiosos, sino de motivos filosóficos. Y cuando hay una correcta comprensión de lo religioso, pues la religión no es poca cosa, porque hay una base racional, alimentando a la religiosa, que sustenta también en el creyente cristiano, su rechazo al aborto.

Partimos del hecho de que la vida humana se respeta, no podemos discutir si se respeta o no; para poder dialogar estamos de acuerdo en que no arriesgo mi vida al estar frente a ti, y tú presupones que yo respetaré tu vida, dice Beuchot: “nunca ha de perderse de vista el principio fundamental del respeto a la vida humana, que si entendemos bien, nos sensibilizará para ver esa vida humana en ciernes donde algunos no alcanzan a verla empiriológicamente, y se encuentra allí ontológicamente”.

Ontológico significa ser, y en Beuchot y la escuela de filosofía clásica que él sigue, implica que en el vientre materno hay un ser que sí depende material, económica y psicológicamente de la mujer, pero desde que está de algún modo allí, en su cuerpo, como ser no depende de ella, es otro ser, no un apéndice de ella, es alguien independientemente de ella, no es parte del cuerpo de ella como si fuera un tumor que le salió y se puede o debe extirpar.

Hay quienes niegan que haya persona en la vida que está iniciando, porque no hay conciencia o responsabilidad moral, pero ello no funda a la persona, lo moral es propio y no esencial, pues antes de lo moral está el ser, tiene que haber primero, pues, ese ser que, luego, actuará moralmente. Para poder actuar, pues primero hay que ser.

Y viene, inmediatamente después del planteamiento anterior, la pregunta de cuándo hay vida. Beuchot, al respecto, se opone al aborto porque “trunca [dice él] y cercena un proceso que desembocaría en la vida humana plena”. ¿Cuándo hay vida humana?, cuando se inicia un proceso por el que nacerá un humano: “el ser humano se da desde el momento en que el semen y el huevo se unen. Esto es, sí se puede aplicar el nombre “ser humano” a un zigoto, embrión o feto”; y aun cuando aquí son escasos los elementos médicos, ese proceso inicia cuando se da esa unión entre espermatozoide y óvulo: este es el modo más básico de referirnos a ese proceso; podría medirse empíricamente esa unión para definirse como embarazo, pero eso más bien constata que la vida simplemente está en proceso, como algo posible y a la vez actual porque está en movimiento, ella, la vida, allí está.

A lo anterior agrega Beuchot: “Lo malo es que a veces, para determinar si algo tiene vida humana, se confía demasiado en ciertas manifestaciones extrínsecas, fenomenológicas o empiriológicas, y muy poco se apela a los constitutivos intrínsecos de la persona”, y es que aquí se trata de saber ver filosóficamente a la persona, en donde el instrumental científico, sino se tiene cuidado, en lugar de que termine en hacernos admirar, más bien se usa para instrumentalizar a la persona, al punto de creernos dueños del otro: tanto del otro intrauterino, como del otro extrauterino.

Desde la ciencia se puede admirar, y allí es cuando se da esa auténtica apreciación filosófica y la ciencia termina abriendo paso (no obstruyendo) a la filosofía; de manera que la ciencia se relativiza cuando, insisto, de admirar se trata, de ponernos ante lo evidente, ante la vida como algo que allí está y guardamos distancia, no autárquicamente, sino, sobre todo, como algo que se respeta y, si es preciso, se defiende.

Por otro lado, es necesario recordar que ahora vivimos en un tiempo en el que se ha criticado mucho cómo es que la modernidad, o ese mundo donde imperó la ciencia, asfixió existencialmente al ser humano, porque la razón, esa razón científica o positivista, o empirista, se opuso precisamente a la vida como algo que es posibilidad. Lo que queremos ahora es que la ciencia nos permita profundizar en la admiración del ser, de la vida, sobre todo la humana.

Sigo con Beuchot: “El punto de vista empiriológico o fenomenológico externo nos hace ver un ser humano, con vida propiamente humana, sólo allí donde las operaciones correspondientes a ese tipo de vida son muy ostensibles y manifiestas. Pero se corre el peligro de no alcanzar a ver los constitutivos esenciales del ser humano por falta de “exhibición”, por falta de asideros empíricos para constatarla”.

Hasta aquí he referido al asunto de la vida que allí está, desde que hay como consecuencia de una unión sexual de personas, una procreación. Y que la ciencia, y sus instrumentos en la medida en que respetan los límites del conocimiento empírico, no se cierran a la admiración de la vida y encuentran límites que hacen respetar y, sobre todo cuando es preciso, defenderla, ya de suyo, desde la misma ciencia.

Es que la ciencia puede destinarse a defender la vida, o a ir en contra de ella; es absurdo marginar la moralidad de la actividad científica; por esto es que la Bioética cada vez está teniendo mayor reconocimiento, poniendo en reflexión no sólo lo concerniente a la vida humana, sino, también y dicho sea de paso, la vida vegetal, mineral y la de los animales.

Otro problema es el de la legalización o no del aborto. Este asunto si no se tiene cuidado distrae de lo más importante: que es el respeto por la vida; sobre todo en culturas como la nuestra, donde se confunde lo legal con lo moral, y esta confusión resulta con consecuencias peores, cuando el mismo jurista, sensatamente llega a denunciar que aquí, en México, la ley no tiene por objeto la justicia, y vaya que hay leyes que son explícitamente injustas.

Se llega a decir que el legalizarlo no significa que se invite a abortar, lo cual pareciera cierto, pero téngase cuidado de que lo que es legal, insistimos, se está confundiendo con moral en el común de la gente.

Esa separación de lo moral con lo legal ya tiene tiempo, radicalmente se da con Kant desde el siglo XVIII. Recuerdo mucho representada la mentalidad del mexicano en la esposa de un político, quien decía que su esposo había cometido una inmoralidad pero no un delito o ilegalidad, con eso del dinero y las ligas que por video le exhibieron en un programa periodístico de un famoso “payaso tenebroso”.

En medio de todo este problema fuerte y serio, están quienes sacan buen provecho económico practicado abortos; a la legalización o no del aborto, le debe preceder la educación para que la ley pueda tener sentido desde ese respeto absoluto por la vida humana; también urge un estado que se comprometa con la promoción de la vida; estas últimas líneas son los retos ético sociales que tenemos para alcanzar la civilidad y la democracia.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Filosofía y educación de la humanidad

 

Por VÍCTOR GÓMEZ PIN, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador en la Universidad París-Diderot.

Publicado en “El País”: miércoles 17 de noviembre de 2010.

Recuperado de: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Filosofia/educacion/humanidad/elpepiopi/20101117elpepiopi_5/Tes

Hace cinco años la Conferencia General de la Unesco instituyó el día mundial de la filosofía, y este año, en la sede parisiense de la organización, los actos arrancan mañana con un debate en el que se reivindica la potencialidad de esta disciplina, concretamente en el combate por hacer compatible la diversidad de las culturas con irrenunciables exigencias de universalidad. La Unesco viene desde hace años instando a otorgar a la filosofía un papel en la formación general de la ciudadanía, empezando por conferirle un mayor peso en la enseñanza secundaria y hasta primaria.

Y alguno se preguntará: ¿en razón de qué la filosofía? La carencia en los programas educativos afecta a múltiples disciplinas científicas o humanísticas, y la propia filosofía está interesada en denunciarla. Interesada, por ejemplo, en que se fortalezca la enseñanza de la matemática pura o de la música, materias vinculadas a la filosofía desde el origen y de las que nunca puede prescindir. Y, sin embargo, la filosofía reivindica una singularidad en el seno de las disciplinas del espíritu, en razón de que, aunque tenga sus dominios de especialización, la filosofía no apunta a alcanzar un sector específico del saber, sino un saber de cuya ausencia se queja implícita o explícitamente todo ser humano, un saber que a todos concierne.

La filosofía tiene emblema en la declaración con la que Aristó-teles abre su Metafísica, según la cual se da en todos los seres humanos un deseo desinteresado de conocimiento. Y ello en razón de que la facultad de lenguaje y la capacidad de razonar constituyen la expresión mayor de nuestra especificidad en el seno del mundo animal. La tendencia a fertilizar estas capacidades es, pues, la forma que adopta en nosotros la pulsión de todo animal a realizar plenamente su naturaleza específica, siendo tal tendencia lo que cabalmente recibe el nombre de filosofía, disposición emparentada a la que lleva al arte y a la ciencia, en los que la filosofía reconoce común origen, y en los que encuentra fundamental alimento.

Que Aristóteles tenga o no razón, que quepa o no atribuir a la naturaleza humana como tal una predisposición a la lucidez, se convierte entonces en una cuestión central que concierne, entre otras cosas, a la educación, lo que llevó hace 10 años en Boston a dar al cíclico congreso mundial el título de La filosofía educadora de la humanidad. Afirmar o negar la universalidad de la filosofía es casi una cuestión de confianza en una común disposición de los seres de razón, disposición que sería consecuencia de la riqueza esencial del lenguaje, más allá de las diferencias contingentes que separan a pueblos, culturas y civilizaciones. Incluso más allá de la diferencia entre adultos y niños. Esta pretensión de universalidad plantea obviamente el problema del lugar institucional en el que ha de enmarcarse la filosofía.

Es muy antiguo el debate sobre si la filosofía ha de practicarse allí mismo donde se realiza el trabajo científico o artístico, o debe seguir teniendo anclaje en una facultad específica. Una alternativa válida sigue siendo, a mi juicio, la propuesta kantiana de un departamento de filosofía que, siendo administrativamente uno entre otros, constituyera, sin embargo, "toda la Universidad". Ello pasa naturalmente porque la filosofía esté abierta al trabajo especializado, concretamente al científico.

La filosofía se reconoce en interrogaciones elementales de las cuales surge la necesidad de análisis de fenómenos, descripción de los mismos, y eventual ordenación en conjuntos, a todo lo cual denominamos ciencia. De la ciencia pueden surgir problemas teóricos, que no conciernen directamente a lo que se planteaba en el origen de la misma. Mas también puede ocurrir que la reflexión de la ciencia sobre sí misma enlace directamente con lo que desde el principio se formulaba, y entonces estamos de lleno en la filosofía. Este es exactamente el caso de la mecánica cuántica, disciplina que subvierte alguno de los principios que (desde el pensamiento primitivo hasta Einstein) han sido la base de nuestra concepción de la naturaleza, lo que aboca irremediablemente al físico a convertirse en metafísico. Y el filósofo que con el científico se reencuentra ha de estar en condiciones de dialogar efectivamente con él, sin que la dificultad técnica pueda eximirle al menos de un esfuerzo para estar en condiciones de determinar aquello que en las interrogaciones del científico le concierne directamente.

Un último apunte: si la filosofía tiene pretensiones de universalidad, si se aspira a la "filosofía como educadora de la Humanidad", entonces es imprescindible preguntarse por qué tiene tan liviano peso en la formación básica de los ciudadanos. La verdadera causa de la ausencia de universalidad de la filosofía no puede ser sino de orden social. En condiciones materiales en las que la lucha por la subsistencia sigue siendo el primer imperativo, no hay posibilidad de educación general conforme a la exigencia filosófica. Por ello, la filosofía tiene efectivamente un carácter militante, en consecuencia con el ideario humanista que ve en cada ser humano un potencial de riqueza espiritual y denuncia todo aquello que coarta esta potencialidad.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Elementos básicos en la enseñanza ética (segunda parte)

Por Jesús M. Herrera A.

Publicado en El Mexicano: 32A / LUNES 8 DE NOVIEMBRE DE 2010 / TIJUAN A, B.C.

Damos aquí continuidad a la columna publicada en El Mexicano el pasado 1 de noviembre. En donde quedó el pendiente de abundar más en torno a este asunto de relacionar valores con virtudes en el marco de la enseñanza de la ética.

Este pendiente es algo urgente en la formación moral. Hemos dicho que la virtud es una propuesta vieja, porque viene desde los antiguos griegos y fue retomada por los medievales; mientras que la idea de valores es relativamente reciente, porque emerge de un contexto en donde la modernidad comienza a fracasar (s. XIX), sobre todo cuando lejos de que se haya logrado un paraíso gracias a la ciencia, una especie de mundo edénico, más bien, como se sabe, lo que comenzó fue la primera y segunda guerra mundial.

La virtud tiene como referente a Aristóteles, si bien es cierto que ella viene desde antes de este filósofo de Estagira, es él quien nos entrega en su “Ética nicomaquea (o a Nicómaco)”, todo un tratado en torno a la virtud, ya compendiando lo que venía diciéndose a este respecto.

Los valores tienen como referencia próxima, entre otros, sobre todo a Max Scheler y su “Ética”, quien nos entrega todo un tratado de valores que se ha hecho clásico, y como buen filósofo personalista, restaurando y proponiendo en su enseñanza al ser humano como persona. Su texto, de inicios del S. XX, en cierto sentido lleva por otros senderos esa tradición fenomenológica de Husserl que va a caballo entre el S. XIX y XX.

Más, insisto en que el contexto desde donde se habla de valores es el de un mundo que ha radicalizado el fracaso de la razón: de la ciencia y de la técnica, y con ello, en lo concerniente a la moral, la dignidad humana no tiene referentes o modos por los cuales dar razón de ella.

En torno a los valores, los antiguos habían puesto la atención primero en el universo y luego desde Sócrates la atención se enfocó en el ser humano, se le atribuye a Sócrates eso de que si quieres conocer el universo, “conócete [primero] a ti mismo”.

Luego el mundo de los medievales es teocéntrico, porque centró la atención en Dios, de manera que Dios resultaba el referente primero de valoración. Sobre todo desde Platón más bien no se hablaba de valor, sino de bien. Los filósofos medievales siguiendo aquella tradición antigua, y relacionándola con su cosmovisión religioso cristiana, nos proponen a Dios como El Valor, porque es el Sumo Bien; Dios es el Bien que participa la bondad.

El problema con la modernidad es que quitó a Dios del mundo, como referente axiológico decíamos, y endiosó a la ciencia y la técnica, con lo cual el ser humano se vanagloriaba de lo que inventaba o descubría por medio de la ciencia, y ello incurrió pues, en una modernidad ególatra.

Por eso es que referir un fracaso de la modernidad es al mismo tiempo comenzar a repugnar al ser humano, porque se comienza a desconfiar de lo único que teníamos del ser humano a través de esa imagen que de él se dejaba ver en lo que inventaba o descubría, gracias, pues, a la ciencia humana.

Entonces el aporte de Scheler, con la materia que nos ocupa que son los valores, consiste en que en la línea del personalismo, se coloque al ser humano en su justo lugar, salvaguardando esa dignidad que se pierde cuando se le cosifica, pero que también se pierde si el sujeto regresa a su egolatría, vanagloriándose de lo que científicamente logra o hace. Y es que de la cosificación se pasa a la egolatría, y al revés.

Este referente personalista, respetando el mapa fundamental que nos dejó Scheler en torno a los valores, es necesario respetarlo. Esto no es otra cosa que tener siempre el cuidado del respeto absoluto por la dignidad humana y la vida: porque si hay un valor paradigmático y prototípico es la persona humana. En el sentido de que no podemos poner a discusión la vida humana, a ella se le respeta, no se le discute.

Las virtudes decíamos que son esa capacidad, primero, de llevar una vida equilibrada, estar en el justo medio es tratar de evitar excesos o defectos; alertas para conservar el equilibrio ante la vida, partiendo de la vida cotidiana, que es la fundamental. Es el término medio que se logra como en la cuerda floja, buscando el equilibrio para no caerse.

Antes se hablaba de virtudes cardinales, virtudes que son fundamentales, para tener siempre conciencia de trabajar arduo por la consecución de ellas. Son tan importantes que muchos filósofos contemporáneos vuelven a retomarlas. Las expondré relacionando eso tan de ellas, que es sujetarse en un mínimo de teoría (lo cual es lo que aquí espero dejar), y privilegiar la praxis (para lograrlas en la vida cotidiana).

La primera virtud es la prudencia. Es la puerta de las virtudes, sin ella no se puede tener otra virtud, ser prudente es pensar antes de actuar, o si es preciso, orientarse antes de actuar, de tomar una decisión difícil, para tener tanto el objeto como los instrumentos mejores y tomar decisiones. La primera virtud entonces es la prudencia, porque también resulta estar presente en las otras tres cardinales, la prudencia anima a toda virtud.

La siguiente virtud es la de la templanza, es una virtud muy fundamental porque se refiere a la moderación de nuestras necesidades, para comenzar las básicas, y ello garantizará la moderación de otras necesidades no tan básicas. Y como las virtudes, decíamos, no son ciegas, hace falta de cultivarnos para esa moderación, por ejemplo ahora que se ha puesto de moda la comida chatarra; ahora que se ha puesto de moda la bulimia y la anorexia; ahora que lo referente a la sexualidad tiene extraviado su sentido.

Una tercera virtud es la de la fortaleza, la cual evita que seamos temerarios o cobardes, ya que esos dos extremos son excesivamente irracionales; la fortaleza entonces es usar prudentemente de la fuerza, para que ésta tenga sentido.

También la fortaleza significa tener fuerza de voluntad, de manera que es actual en esta era en que se suele pedir logros de objetivos, se necesita ser perseverantes, ante un mundo en el que seguido tenemos que nadar contracorriente ante algunas modas que, por lucro, nos imponen como necesarios tal o cual objeto de consumo, o tal o cual modelo de vida. Es que tener fuerza de voluntad significa ser fieles a uno mismo.

La cuarta virtud es la considerada como más difícil por ser la más perfecta, es la coronación de las virtudes: se trata de la justicia, que consiste en dar a cada quien lo que le corresponde o es debido. Es la virtud que cuida desde el individuo a la comunidad, y al revés, busca que la comunidad cuide del crecimiento de cada uno de sus individuos. La justicia equilibra el bien común con el bien individual.

Hemos estado insistiendo en que el medio para conseguir valores es la virtud. Los valores son metas que queremos alcanzar, también pueden ser bienes u objetos, y nos lanzamos por ellos, pero con prudencia para ver por qué medios, con templanza para no actuar ciegamente, con fortaleza para poder perseverar en el intento, y finalmente coronando con la justicia nuestros logros en orden al bien común, sin agredirlo, sobre todo sin pisotear al más débil, o incluso sirviéndonos del que menos puede para alcanzar nuestros propios valores. Ser justos es, de acuerdo a lo anterior, poner nuestros talentos y logros, al bien no sólo nuestro, sino de la comunidad, sobre todo de los más necesitados.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Elementos básicos en la enseñanza ética (primera parte)

Por Jesús M. Herrera A.
Publicado en El Mexicano: TIJUANA, B. C / LUNES 1 DE NOVIEMBRE DE 2010 / p. 25A
 La asignatura por donde mal o bien se ha hecho presente la filosofía en las instituciones educativas, es la ética. Se supone desde un planteamiento de filosofía clásica, que la ética es la parte práctica de la filosofía, pues la ética es esa disciplina filosófica que trata del actuar moral del ser humano.
Y la disciplina del orden mental, pues es la lógica, que había sido ella la que cumplía con la función de capacitarnos para hacer filosofía; muy importante tener esta disciplina, para que precisamente discipline a la inteligencia, la cual, ha sido vista por alguien como “la loca de la casa”. Y hoy luchamos por la filosofía y la ética en un contexto donde están más difíciles las cosas, porque la inteligencia ya no sólo es una loca, sino que también sufre de bulimia y anorexia, no quiere saber y darle orden a las ideas, y ello es, sin exagerar, casi una perversión, porque la inteligencia está inclinada naturalmente a saber, y se lo impedimos.
El profesor de ética en las aulas de clase, se aventura a acercar la ética a los estudiantes, sin que ellos comprendan primero qué signifique pensar filosóficamente, teniendo un acercamiento suficiente al hecho de atender a su entorno, a su realidad, desde la filosofía y no sólo desde la forma de vivir convencional, o a lo mucho desde criterios científicos. Lo mínimo como materia dispuesta es que haya una cierta disposición para recibir la filosofía como una materia que es vital para el crecimiento humano.
Otro problema es que antes de la ética, además de que se haya dado ese curso de introducción a la filosofía que termine sensibilizando a los alumnos, como decía, para disponerse a la filosofía como algo vital; pues luego de la introducción ha de venir esa asignatura (o por lo menos espacio) que nos haga llegar algún conocimiento de quiénes somos como personas, o sea, que se tenga conocimiento de nuestra condición humana, aquello que los filósofos viejos de toda una tradición manejaban en términos de una naturaleza humana. Es que enseñar una ética al margen de una filosofía del hombre, puede darnos éticas para todo, menos para seres humanos.
La ética también es definida como Filosofía moral. Y a consideración de esta relación entre ética y moral, es que nuestra moralidad dependerá de nuestra ética. La ética teoriza en torno a nuestra conducta, a nuestra práctica moral.
La virtud es lo distintivo o esencial de nuestra ética. Queremos promover una ética de virtudes porque ésta es la que nos consigue personas con convicciones.
Hablar de la virtud es hablar de la persona humana, en este caso cultivar la virtud es ir logrando que nuestras potencialidades y capacidades que tenemos sean explotadas. La psicología aristotélico-tomista nos enseña que esencialmente somos sujetos de intencionalidad: tenemos una intencionalidad volitiva y una cognoscitiva; la virtud hace que por la inteligencia seamos amantes del saber, y que por la voluntad seamos fuertes de carácter y sobre todo abiertos al amor; la explotación de estas capacidades esencialmente humanas nos hace ir descubriendo y, sobretodo, construyendo nuestra libertad.
Ser virtuosos, entonces, significa ser libres en la medida en que vamos creciendo como personas, dado que ya no nos conformamos con verdades a medias, y mucho menos con mentiras, lo cual lamentablemente es lo que sucede con el vulgo. Ser virtuosos también significa amar con inteligencia, por lo menos dejando en la metáfora eso del amor ciego y el amor a primera vista, cosas que más que metafóricamente se han querido tener por verdades no sólo literales, sino absolutas.
Más, también es importante retomar la enseñanza clásica de la virtud. Aristóteles dice que ella es el justo medio que evita el exceso y el defecto.
No se trata del justo medio equidistante, que puede ser medido cuantitativamente, se trata más bien del justo medio que representa el equilibrista, donde se está difícilmente oscilando hacia un lado y hacia otro. Se trata entonces de vivir equilibradamente; el virtuoso no lo es porque resuelva la vida fácilmente, más bien decide lo mejor en situaciones difíciles, alcanza metas, persevera, y termina siendo justo y luchando por la justicia.
Por medio de la “enseñanza de valores” también se quiere enseñar la ética. A una ética de valores se le conoce como axiología. La axiología es formalmente una disciplina relativamente nueva, ya que nos refiere al cultivo de la filosofía del siglo XIX.
Hay quienes separan radicalmente la relación entre virtudes y valores, y hay quienes llegan a decir muy simplistamente que son lo mismo. Dicen desde una perspectiva muy equívoca que ya no se habla de virtudes hoy día, porque el término suena a un motivo religioso, lo cual es muy inexacto, y el problema es que no nos detenemos a aprovechar esa enseñanza de una ética que tenga como su fuente y cumbre a la virtud, actualizándola al contexto en el que nos toca vivir.
Los valores son los motivos que tenemos para vivir, son lo que nos mueve dice Mauricio Beuchot en sus diversas publicaciones al respecto de la filosofía de los valores.
La filosofía antigua y medieval no hablaba de los valores en el sentido subjetivo que hoy le damos. En esta tradición filosófica, más bien se hablaba de bienes, el bien era eso que técnicamente decimos, en filosofía, que es un trascendental del ente. O sea que uno de los modos por los que conocemos las cosas es porque éstas son buenas, y esto es lo que significa que el bien sea un trascendental del ente. Es que las cosas y a los seres humanos los conocemos cuando accedemos a sus modos de ser, y uno de ellos, pues es que nos resulta bueno o valioso.
Esta enseñanza del bien como trascendental del ente la recuperamos para enriquecer o darle contenido a este asunto que tiene que ver con hablar a diestra y siniestra sobre los valores. Pues por un lado es lamentable que todas las escuelas digan que forman en valores, pero de hecho el dicho sólo funciona como eslogan publicitario.
Se escucha a los coordinadores o directores de áreas, o dueños o directores generales de una institución académica, invitando a los docentes a que eduquen en valores, dando por supuesto que se sabe qué sean éstos. O incluso, recuerdo que dando clases a estudiantes de mercadotecnia, ellos me decían que la mercadotecnia tiene que ser ética, y les preguntaba que qué era la ética, a lo cual respondían que “quién sabe”, no obstante, tiene que ser ética la mercadotecnia.
Lo anterior indica que ante una cultura del absurdo, nunca se superará el no saber lo que se quiere, y cómo o dónde buscar eso que por lo menos hipotéticamente se quiere alcanzar.
Ahora bien, antes de que en este mundo se hablara de la ética como formación en valores, lo cual, insisto, es relativamente reciente y hay todo un contexto en el que aquí no me puedo detener, pues más bien de lo que se hablaba es de una ética de virtudes. Y ahora nuestra propuesta es relacionar estas dos tradiciones: la ética vieja de virtudes, con la ética nueva de valores; es que de lo contrario se seguirá hablando muy romanticamente de los valores, sin precisar cómo conseguirlos. Más, agotado aquí el tiempo, esto lo retomamos en la siguiente columna.

lunes, 18 de octubre de 2010

Metafísica o magia

Por Jesús M. Herrera A.
Publicado en El Mexicano: TIJUANA, B.C. / LUNES 18 DE OCTUBRE DE 2010 / 19A
Umberto Eco, como bien insinúa el título de su obra “A paso de Cangrejo”, supone que en cada uno de los aspectos de la vida, ya en el siglo XXI, pues vamos caminando para atrás. Desde esta referencia intentaré proponer una metafísica para superar esas actitudes mágicas, que por ley del menor esfuerzo, intentan resolver la vida.
Y bien, en uno de los ámbitos en los que seguimos caminando para atrás, es en lo referente a que no hemos superado no sólo una mentalidad mágica, sino diversas actitudes mágicas que emanan de la correspondiente mentalidad mágica que nos sigue asistiendo, toda vez que, se supone, somos testigos privilegiados del avance de la ciencia. Y aquí el gran problema es que se atestigua a la tecnología siendo existencialmente dependientes de ella, y ello implica el considerarla como algo mágico que nos resolverá la existencia, i. e., que nos definirá el sentido de la vida.
Y a propósito de lo anterior dice Eco: “Los hombres de hoy no sólo esperan, sino que pretenden obtenerlo todo de la tecnología, y no distinguen entre tecnología destructiva y tecnología productiva. El niño que juega a La guerra de las galaxias en el ordenador, usa el teléfono móvil como un apéndice natural de las trompas de Eustaquio y lanza sus chats a través de internet, vive en la tecnología y no concibe que pueda haber existido un mundo diferente, un mundo sin ordenadores e incluso sin teléfonos”.
Entonces, lo que nos ofrece la ciencia, que es la tecnología, no cumple con el cometido de hacer ver la grandeza del ser humano a través de sus logros en orden al bien común, para crecer individual y socialmente, más bien la tecnología se convierte en algo que nos llegó quién sabe de dónde para hacernos la vida cotidiana más fácil, dogmatizando el hecho de que la vida buena es la del menor esfuerzo.
Ahora bien, todo esto queda enredado en, adelantaba, un pensamiento y una actitud mágicas; y primero veamos cuál es la magia que aquí criticamos, Umberto Eco dice que la magia es “La presunción de que se [puede] pasar de golpe de una causa a un efecto por cortocircuito (...) la magia ignora la larga cadena de las causas y los efectos y, sobre todo, no se preocupa de establecer, probando una y otra vez, si existe una relación repetible entre causa y efecto. De ahí la fascinación que ejerce, desde las sociedades primitivas hasta nuestro luminoso Renacimiento y más allá, hasta la pléyade de sectas ocultistas omnipresentes en internet”.
La ciencia, siguiendo a Aristóteles, se opondrá a la mentalidad mágica que hemos descrito, pues la ciencia siguiendo al estagirita es el conocimiento de las cosas por sus causas; la ciencia entonces trabaja en las relaciones entre las causas y los efectos, lo cual se concluye con axiomas, mismos que nos hacen comprender y explicar o dar cuenta del mundo en que se vive; por un orden causal es que damos cuenta tanto del microcosmos como del macrocosmos.
Regreso con Eco: “La confianza, la esperanza en la magia, no se disipó en absoluto con la llegada de la ciencia experimental. El deseo de simultaneidad entre causa y efecto se transfirió a la tecnología, que parece la hija natural de la ciencia... La tecnología hace todo lo posible para que perdamos de vista la cadena de las causas y los efectos... lo que se traduce de la ciencia a través de los medios de comunicación es -siento decirlo- [dice Eco] tan sólo su aspecto mágico, cuando se divulga, y cuando se divulga es porque promete una tecnología milagrosa [milagrosa en el sentido de mágica: confundiendo mágico con milagroso: como algo que transgrede las relaciones necesarias entre causa y efecto. Y es que hablando del milagro aunque sea de paso: para la teología cristiana el milagro no es una transgreción de estas leyes naturales porque eso sería presentar a un Dios que se contradice ya que Él es el Creador, sino que el milagro es un signo salvífico de Dios]”.
Por otro lado, expongo lo que ha sido una de las líneas en resumen con que trato de acercarme a quienes hacen crítica de la modernidad, desde nuestra condición posmoderna en la que nos ha tocado vivir. En gran medida criticar a la modernidad es criticar a la ciencia y la tecnología que de ella emana.
Y dejando un poco de lado que la posmodernidad tiene una faceta en la que es continuadora de la modernidad, centramos la atención en esa otra cara de la posmodernidad en la que ella es ruptura con la modernidad, para continuar con la crítica a un mundo de ciencia y tecnología que no ha rendido para el sentido de la vida.
La posmodernidad como ruptura de la modernidad, acusa a la razón como algo que termina siendo ideología: porque esta razón (la razón modernista) ha servido como instrumento de poder. Y sí, la razón o filosofía modernista había prometido un paraíso terrenal gracias a, precisamente, la ciencia y la técnica. Y entonces lo que se ha visto es más bien que la modernidad falló, porque lo único que consiguió fueron guerras y genocidios (no nos dio el paraíso prometido que sería, por cierto, algo mágico); Auschwitz como símbolo de los campos de concentración de la Segunda guerra mundial, parafraseando a Lyotard, viene a ser el fin y el inicio de la modernidad.
Pues resulta que hoy por metafísica se le ha entendido, en filosofía, a esa razón modernista que más bien ha servido, como hemos dicho, de ideología para dominar. Y subrayo que en filosofía, porque se trata de comprender esto desde el reto de superar las actitudes mágicas, en el sentido de absurdas, con que se ve a la ciencia y con que se usa de la tecnología.
Ahora bien, el sentido clásico o tradicional de la metafísica, siguiendo a Aristóteles y Tomás de Aquino, es que esta ciencia estudia el ser desde el ente. Se hace el esfuerzo por comprender desde las cosas concretas qué hay en ellas para ser lo que son, pero sin perder el piso de las cosas mismas, para no dispararnos al terreno de lo fantasioso renunciando al diálogo con la ciencia.
Y más aún, sin dispararnos al absurdo como para construir una metafísica que, como mencionó acá Eco, resuelva mágicamente la vida, sin el esfuerzo personal, i. e., al margen de eso que en la ética clásica es lo más metafísicamente valioso, que es la vida de virtud.
Se puede advertir que en filosofía se han entendido varias cosas en orden a qué sea la metafísica; y que hay discusiones tanto a favor como en contra de la metafísica; y que hay quienes en orden a tales discusiones y observaciones trabajamos en la construcción de una nueva metafísica desde el uso del símbolo, y no es ahora el momento de entrar en esos detalles. Pues el objetivo de esta intervención es, como lo he venido sugiriendo de diversos modos en otras columnas, invitar a leer cosas que conduzcan a la erudición y al compromiso por el otro: que se pueda crecer no sólo en edad, sino también en sabiduría.
Es que el puro conocimiento racionalista no hace crecer porque no lo es todo: se requiere un mínimo suficiente de él, y el puro amor sin ese suficiente conocimiento puede pervertirse, terminando en amor ciego, lo cual es absurdo no obstante que parece estar de moda, porque se ha dogmatizando eso: no sólo que el amor es ciego, sino que se toma literalmente el dicho que más bien es metafórico: que hay amor a primer vista.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Ética y liderazgo ante una sociedad conductista

Por Jesús M. Herrera A.
Publicado en El Mexicano:  / LUNES 13 DE SEPTIEMBRE DE 2010 / TIJUANA, B.C., P. 24A.
El maestro Fabio Fuentes, director académico de la Universidad Pedagógica Veracruzana, con quien tengo una grata relación de reflexión, crítica y discusión en torno al quehacer educativo mexicano, a través de nuestros respectivos blogs y redes sociales, me ha compartido una nota intitulada “Instinto territorial y de manada”, de Armando Vallejo Garamendi, por este medio, pues, también la comparto refiriéndola ya que ésta es accesible por Internet buscándola con el título mencionado.
Esta nota es valiosa porque advierte de lo perverso que puede ser el conductismo como fin, aplicado al ser humano y al liderazgo.  Dado que individuo y sociedad, desgraciadamente, se inclinan consciente o inconscientemente a seguir regidos conductistamente, y tal vez es demasiado tarde cuando quisiéramos reaccionar en contra de ello.  Esto va en el sentido de que al ser humano le resulta más fácil que le digan qué haga y qué no haga, para eludir la responsabilidad que él tiene de ser propositivo.
Rescato el inicio de la nota, que no es otra cosa más que una explicitación de ese título, ya de por sí llamativo, porque supone que hay una condición instintiva que rige absolutamente a todo viviente, incluyendo al mismo ser humano; pues bien, la nota comienza con las siguientes palabras: “El ser humano, al igual que los depredadores, posee un instinto territorial y de manada, aunque a muchos les molestan esos términos y lo llaman impulso, sociabilidad, emoción, etc. Se niegan a ver que somos una especie animal más y que mucho de nuestro comportamiento es instintivo, entrelazado con elementos culturales, desde luego”.
Y luego continúan las nociones vertebrales para el artículo que aquí exponemos para revisar: “El instinto territorial es el que nos ha empujado a dividir al mundo en países, estados, partidos políticos, religiones, etc., y a defenderlos de otras organizaciones similares. El instinto de manada es el que nos impulsa a formar grupos y a seguir a un líder, sea secular o religioso. No hemos podido superar esa cuestión biológica-cultural, porque dentro del grupo nos sentimos cobijados y protegidos”.
El conductismo ha tomado forma y fuerza en la medida en que ensaya con la vida anímica, y cuando se le aplica el conductismo al ser humano, se lo hace al margen de su intencionalidad cognoscitiva y volitiva, que es lo esencial de él; esto supone una subordinación de lo cultural ante lo biológico, mientras que otras perspectivas, como la que me asiste, suponen que el asunto es de otro modo: pues que lo simbólico moldea a lo biológico, aquí sigo, y en lo sucesivo, a Mauricio Beuchot, filósofo de la UNAM.  Y entonces, lo cultural ya no se refiere sólo a lo biológico del ser humano, sino, sobre todo, también a lo simbólico de él, cuidando que lo simbólico no se oponga a lo biológico, más bien que lo encause, ya que lo que da sentido al ser humano es su vida simbólica, esto implica que por bien que satisfaga su vida anímica, ésta no le es suficiente.
Y ante esta convicción, no se me escapa lo que al inicio advertí, que tanto el individuo como la sociedad, por pereza, prefieren vivir regidos conductistamente, porque es más fácil ser reactivos que proactivos, aunque la cuestión no es tan sencilla y no pretendo que se agote en el fenómeno de la flojera, tan característico del mexicano.  El problema es que resulta lamentable el no abrirse al cultivo de una vida simbólica.
La educación conductista, tan imperiosa, lamentablemente no ha dado para tener convicciones y defenderlas, pues el defenderlas implica tener primero razones para forjarse una cosmovisión, sobre todo esa cosmovisión axiológica que se construye, me estoy refiriendo al ethos (el cual, por cierto, se opone al pathos); el ethos lo entiendo como una fortaleza que pone en pie de lucha a la persona y le es dadora de sentido a la existencia de ella, se trata de una fortificación que, desde mi perspectiva personalista, ve al ser humano como lo más digno y a la comunidad como tiempo y espacio para la construcción del bien común.
Sin ethos, pues, no hay con qué hacer frente a los distintos modos de dominación sociales, que actúan casi siempre mediante procedimientos conductistas: pues resulta infalible, para el conductista, la fórmula estímulo-respuesta-refuerzo.
El texto de Vallejo, en relación a esto último dice: “basta la presión directa o indirecta del grupo o del líder para cambiar nuestras ideas y adoptar el criterio ajeno aunque esté equivocado. Pero no sólo eso, sino que actuamos en contra de nuestros propios valores éticos y somos capaces de causarle daño a otros”.  Pues bien, si no se tiene la mencionada fortificación a la que he aludido (ethos), lamentablemente se realizará lo que implica esta idea de Vallejo.  Recordemos que hay quien supo qué es la libertad siendo preso en campos de concentración, me refiero a Viktor Frankl y otros.
Las presiones sociales, hoy más que nunca, son muchas, y casi no son visibles: se hacen urgentes, por ello, las hermenéuticas de la sospecha, para hacer que salgan a la luz los intereses ocultos, sobre todo, de los medios de comunicación.  Y toda vez que el ser humano de estos tiempos –de lo plus y lo light– no se da el espacio suficiente para su construcción ética, o peor, que la confunda con analgésicos moralistas, queda subyugado por las distintas ofertas que mantienen a su merced a ese ser humano que, a gusto, ha quedado en el anonimato.
Otro problema en cuestión es el del líder.  Y es sabido que comenzamos a situarnos en el mundo miméticamente, de manera que el ser humano ocupa referentes, i. e., ejemplos de vida.  En el lenguaje de la hermenéutica analógica (que es una metodología filosófica en la que me especializo), una propuesta ideada y liderada por Mauricio Beuchot a quien ya he aludido, hay dos términos que están resultando fundamentales, permítaseme pues utilizarlos, porque caen ad hoc en el asunto del liderazgo, se trata de las nociones de icono y de ídolo.
El icono en la construcción teórica de Beuchot es un símbolo que nos permite pasar del fragmento al todo, o ver el todo en la parte, dice el Dr. Beuchot que con el icono se clona de algún modo la realidad, de manera que se pueda tener un alcance suficiente de la realidad; y el ídolo es un símbolo, que más bien funge como dia-bolo, por el que el fragmento nos esconde el todo: desviándonos, distrayéndonos hasta que confundimos el todo con el fragmento: en el sentido de que por culpa del ídolo no podemos ver más allá de “nuestras narices”.
El líder puede ser icono si conduce al individuo y a la comunidad a que se construyan, a que se plenifiquen: a que sean capaces de darle sentido a la vida, a que los liderados aprendan a construir su libertad porque el líder icono toma cabalmente la responsabilidad de que sus seguidores nunca se sientan dependientes de él, i. e., “cobijados y protegidos”, conste que aquí también cabe la advertencia de que haya quienes busquen tal o cual círculo social precisamente por y para refugio, pero esto ya sería excepcional y requiere, por definición, de consideraciones particulares, cuando se es líder icono.
Y el líder también puede ser ídolo.  Cuando hace que los que lidera sean dependientes, i. e., “cobijados y protegidos” de él.  Los liderados por un líder ídolo, entre otras características, son fundamentalistas, caminan adiestrados –no educados– por, y tras, el líder.
Se puede acudir al grupo a encontrar espacios de cultivo personal y social, o a distraerse con soserías, en cualquier caso, hay un líder de por medio: en el primer caso el líder funge icónicamente, y en el segundo caso el líder funge idolátricamente, i. e, para su propio beneficio, utilizando a sus liderados, haciéndolos, pues, objetos de él.

lunes, 30 de agosto de 2010

Cuestiones de educación cívica. En torno a la Revolución de independencia

Por Jesús M. Herrera A.
Publicado en El Mexicano: TIJUANA, B. C / LUNES 30 DE AGOSTO DE 2010 / p. 29A
Supongo que los festejos del bicentenario de la Independencia de México, y del centenario de la Revolución mexicana pretenden fortalecer una identidad nacional y sobre todo un amor por nuestra patria; y estas actividades se supone que van encuadradas en lo que ha dado por llamarse educación cívica y ética.
Tal vez se dice formación o educación cívica y ética porque estéticamente se oye mejor que decir formación o educación ética y cívica; yo opto por lo segundo, buscando que a la formación cívica le preceda la formación ética.
Y uno de las grandes deficiencias que tenemos en esta oferta humanística que se da en las escuelas mexicanas, es que antes de la ética no está presente, o no con suficiencia, lo que se es como persona: i. e., la materia de lo que se es como humano, que técnicamente se llama Antropología filosófica o Filosofía del hombre, por la cual comprendemos la condición humana.
Entonces, ante la carencia de lo que se es como persona, siempre estamos bajo la sombra de una educación moral que puede rendir para todo, menos para llegar a ser persona, y a esto el riesgo también de pretender una educación moral y cívica desde una perspectiva conductista, en donde se supone que esta formación puede darse como algo programable: como cuando le instalamos a la computadora un software, así pareciera que se le quiere instalar al ser humano una conciencia moral y una conciencia ética y/o cívica.
Deteniéndonos, pues, en el asunto de qué se sea como humano, lo cual se traduce en qué se pueda llegar a ser como humano o cuál es el modelo de ser humano que se sigue o se propone, desde lo que pueda ofrecernos una educación cívica o para la ciudadanía, esto se pone en juego siempre, ante cualquier anuncio, o desde cualquier texto. Siempre se impone, pues, una idea de ser humano a seguir, y casi nunca se tiene en cuenta que estamos siendo invitados a ser como tal o cual sujeto, de manera que se nos influencia inconscientemente.
La educación cívica, a partir de que en México ésta ha querido darse desde una perspectiva laicista, desde esa búsqueda por separar Iglesia y Estado, a mi ver, termina siendo, paradójicamente, una educación cívica que copia la pedagogía religiosa, concretamente la pedagogía católica; esa pedagogía con la que la Iglesia ha logrado enseñar una cosmovisión y con la cual ha dado a conocer a sus propios héroes.
Es que la educación cívica comienza por quitar de las calles y los pueblos los nombres de los héroes católicos, y ahora impone héroes cívicos; no sé si exagere, pero si se ha pretendido eliminar de la sociedad toda conciencia religiosa, pues al parecer ahora se trata de mirar religiosamente a los héroes cívicos. Si los héroes cristianos son tales porque su modo de vida busca alcanzar, y por ello a representar a un ser supremo, o sea a Dios, los héroes cívicos, con su modo de vida, ¿a quién representan?
La Iglesia católica, como parte de su pedagogía, tiene en alta estima el uso de las reliquias, pues con ellas quiere, entre muchos otros motivos, presentar un vestigio humano de quien llega a ser santo. Así, de las últimas noticias que tenemos, como uno de los aderezos de estas fiestas cívicas, centenarias y bicentenarias, pues se han hecho procesiones con las reliquias de algunos, llamados por la historia oficial, insurgentes: héroes insurgentes que nos trajeron la “independencia”.
Regreso con el asunto: toda vez que a la educación moral o ética, y a la educación cívica no le precede una Antropología filosófica, nos queda el esfuerzo por saber qué idea de ser humano se nos ofrece, y si mal no observo, pues se insiste en tener al héroe como modelo de humano.
Pero se trata del héroe parodiado, o se trata del héroe coloreado; pues es que los héroes de México han servido sólo para entretenimiento: escenificarlos o colorearlos; primero es un entretenimiento académico y ahora se quiere que sean un entretenimiento televisivo, pues no será una novena (de novenario) sino una quincena en Televisa con la serie de “Gritos de muerte y libertad” la cual nos preparará para la magna celebración de la Independencia en septiembre, yo supongo que habrá luego en televisión una quincena (no novena) también –o algo análogo– para llegar en noviembre al festejo de la Revolución mexicana.
Del héroe, en México, que por un lado se pone como paradigma de ser humano, queda sólo la nostalgia de algo que, peor, quién sabe si así fue o no fue, ya que se insiste con justa razón que la historia oficial es la que se ha dogmatizado (curiosamente el término dogma es de familiaridad religiosa) a través del libro de texto oficial, el gratuito que regala la SEP, para formar conciencias cívicas e imponer tales o cuales héroes a los que hay que rendirles culto a través de una liturgia.
Y resultan liturgias cívicas que no han logrado despertar el amor por la patria, como para que a diario el mexicano se levante a trabajar con gusto y hacer algo por mejorar la situación social, política y económica en la que se vive. Pues se va a gritar cada año, el 15 de septiembre por la noche, a ciencia cierta, no se sabe por qué. ¿O es que no es exigible que si hay independencia, ésta se tenga que notar en condiciones de vida buena?, ya que no es suficiente vivir, es necesario vivir bien, y no distraer el mal vivir con gritos, ya que México nunca se ha caracterizado por ser un país de oportunidades.
Los gritos cívico-festivos vienen, pues, de una nostalgia. Tal vez es ese inconsciente, colectivo e individual, el que manifiesta sus ganas por tener un grito auténtico que exprese la alegría por una sociedad de oportunidades; pero hace falta que haya movimientos conscientes, que no sean dados por pura inercia, sino que vengan de un compromiso que procede de saber en dónde estamos y qué se festeja, para ver si lo que se conmemora rinde para hacer tanto ruido.
La revolución de Independencia, protagonizada por Miguel Hidalgo, resulta ser un intento de materializar en la Nueva España los ideales liberales que se vienen pensando desde el inicio de la modernidad cartesiana, se compendian en La Enciclopedia y causan la Revolución francesa. Recordemos que los tres valores de este liberalismo son: libertad, igualdad y fraternidad.
Estos valores siguen siendo retos; hace falta una libertad que sea fuente y cumbre de una sociedad de oportunidades, para que la persona de verdad pueda tener qué elegir, y que no se parodie la libertad con expresiones esteticistas, sino que ésta sea algo que se construye a la vez que se descubre: siempre en el trabajo de lograr oportunidades.
Hace falta igualdad en términos de equidad como para que se entienda la justicia como esa virtud que es a la que se orientan todas las demás: como son la prudencia, la justicia y la templanza (siguiendo el esquema de la ética clásica). La justicia es proporción, dar a cada quien lo que necesita y/o merece; se trata, por ser virtud, de un equilibrio difícil por el que sabemos respetar las diferencias desde un orden mínimo pero suficiente, con lo cual se evita hacer de las diferencias leyes al margen de la condición humana en tensión con el espacio social por el que podemos crecer, pues no se trata de irnos al puro individualismo (puro derecho de minorías), o al puro colectivismo (puro derecho de mayorías).
Y yo creo que en lo que más hay que poner la atención, es en la fraternidad: ahora buscándola desde la otredad, desde nuestra condición de alteridad, desde el cuidado, pues, por la vida del otro, siendo yo responsable por el prójimo, superando esa mirada de sospecha con la que podamos acercamos a los demás. Reto difícil, ahora que en las fiestas del Centenario y Bicentenario, en México se mata y se secuestra sin ningún prejuicio.

lunes, 23 de agosto de 2010

Personalismo y Educación (tercera parte) El asunto del capitalismo

Por Jesús M. Herrera A.

Publicado en El Mexicano: TIJUANA, B C., / LUNES 23 DE AGOSTO DE 2010 / p. 25A

En la columna anterior en donde se reflexionó en torno al concepto de “materialismo intelecutal (en Juan M. Burgos)”, se terminaba aludiendo al capitalismo como otro de los escenarios que están en el origen del Personalismo Comunitario, y entonces aquí ya nos detenemos en este tema, apropósito del capitalismo.

En esta ocasión reflexionaremos en torno a cómo ha sido visto el capitalismo desde una mirada personalista, y porqué se hace necesaria una actitud personalista ante este fenómeno económico, que implica de suyo una filosofía.

Retomo, de nueva cuenta a Burgos, quien ha sido el guía en estas últimas columnas en donde doy a conocer qué sea el Personalismo Comunitario. Pues bien, este autor nos dice, refiriéndose al capitalismo, que “El inicio del siglo XX conoció también el auge del capitalismo. Este fenómeno es una realidad compleja que se venía gestando desde hacía siglos pero que explotó con la revolución industrial y el vertiginoso desarrollo científico y técnico”.

El capitalismo se dice que ahora es neoliberal: y siguiendo a Carlos de Cabo Martin, hay una definición descriptiva que me parece para esta actividad muy puntual, comenzamos con el asunto de qué significa capitalismo: “Si se entiende que el capitalismo se caracteriza por: 1) la separación del trabajador de los medios de producción, a diferencia de la “vinculación” que tenía en el esclavismo o feudalismo de manera que ahora queda “libre” para vender su fuerza de trabajo; 2) la aparición de una clase de propietarios capaces de comprar esa fuerza de trabajo para revalorizar su propiedad, y 3) la existencia de un mercado en el que se relacionen propietarios y trabajadores y a través del cual, de sus pautas y reglas de funcionamiento, se produce la obtención de la plusvalía, es decir, por mecanismos estrictamente económicos (formalizados jurídicamente a través de bases contractuales), cabe afirmar este proceso se había consumado y las relaciones de producción así configuradas, es decir, las relaciones de producción capitalistas eran ya determinantes cuando aparecieron las repúblicas”.

Antes del capitalismo neoliberal, había un capitalismo liberal; lo importante es lo que en el fondo subyace para seguir hablando de liberalismo en cualquiera de los modos del capitalismo: lo substancial de este liberalismo es que habrá total liberad de producción, luego más bien lo de liberal será la total libertad de gobierno del mercado, de manera que todo gobierno se subordina a los intereses del mercado, precisamente en orden a liberalizar de toda atadura política el mercado; pues que esto es el ideal del rezo de la tan conocida frase, laissez passer (que se ha traducido como “dejar hacer, dejar pasar”; y se supone que la acuña Jean-Claude Marie Vicent de Gournay).

Con estos datos, se hace necesario el detenerse en otro elemento que forzosamente ha quedado implícito en lo anterior, y nos referimos al concepto de liberalismo político: Se trata de la libertad proclamada desde las revoluciones francesa y norteamericana: ya pensada desde la Ilustración y compendiada en La Enciclopedia, en donde se da la resistencia absoluta a cualquier tipo de absolutismos, los cuales se denominarán como de clericalismos: no sólo será clérigo el de la Iglesia, sino también el político que pretenda un Estado Absoluto, hay, pues, clero político.

Por cierto, estas revoluciones, en México, se han parodiado con la Revolución de Independencia, a la cual en estos días le estamos celebrando sus doscientos años.

Entonces hablar de liberalismo político es referirse a la búsqueda de una vida social absolutamente libre, la siguiente cita de Juan Perán parece ilustradora, y más porque relaciona política y economía en la sociedad liberal, según el autor está esclareciendo qué deba ser, hoy, el auténtico liberalismo político: “No necesito que el Estado me diga qué tengo que pensar en asignaturas como Educación para la Ciudadanía con contenidos que no son más que adoctrinamiento que, atentando contra mi libertad personal, no hacen sino incidir una y otra vez en qué debo creer y cómo debo actuar. En definitiva, qué debo pensar con una finalidad clara: preservar el interés del poder en perpetuarse. Lo que quiero como ciudadano amante de la Libertad es que el Estado me provea de las condiciones económicas y de educación apropiadas y suficientes para que mis hijos aprendan a pensar sobre una base de Libertad”.

Regresando con Burgos, para ir ya dando la mirada personalista ante este asunto, resulta que “El capitalismo industrial, de todos modos, creaba riqueza. Y esa riqueza dio lugar a la formación de una amplia clase burguesa celosa de sus privilegios. Esta clase social abogaba por las libertades individuales y por la propiedad privada, y era partidaria de que el Estado no interviniese en los asuntos económicos, puesto que se consideraba que el sistema económico se ajustaba por sí solo. Esto era cierto en alguna manera pero [y aquí la observación personalista] se producía a costa del más débil, que no podía competir en esa dura lucha por la conquista del poder”.

Se trata de seguir aplicando la ley del más fuerte, y seguimos viendo ideologías sobre todo de tipo psicologistas –como la Programación neurolingüística–, que justifican un solo modo de vivir, precisamente individualista, con un solo objetivo en la mira, de mercadeo o ventas.

La vida mercantil, ejecutiva y de negocios, se coloca como paradigma de vida, como La Vida; de tal manera que entre más nos acerquemos al modelo se hace más cierta la existencia; hay más certidumbre por lograr la realización personal, y conforme se va avanzando en la educación académica, pues entonces el sujeto se va configurando más, en su mentalidad y actitudes, a la proyección de esa vida neoliberal.

Más, por otro lado, se sistematiza un modelo de profesor que tenga también el carácter de un ejecutivo de ventas, para saber darle al cliente lo que pida, incluso esto implica que ya no se tiene frente a nosotros a un alumno, una persona en formación, sino a un cliente.

El psicologismo contemporáneo, y he puesto como caso concreto el de la Programación neurolingüística, supone que lo que quieras, aunque no te guste, lo puedes lograr de manera exitosa. Esta ideología es incierta en tanto que niega los talentos de la persona, que, apasionadamente se disponen en la sociedad, pero desde esa intuición que da el gusto natural por hacer algo, lo cual no sólo se traduce en gusto por el trabajo que se realiza, sino, sobre todo, en ser responsables por lo que se hace, pues es que el bien común ha de orientar al bien individual.

Lo anterior es, pues, una actitud personalista ante los retos económicos y laborales que tenemos en México, ya que esto, siguiendo a Burgos, significa el atender a “las personas concretas”, las cuales, dice él atinadamente, que el capitalismo ha olvidado, como hemos dicho, que para el capitalismo no importan las personas en su individualidad y circunstancias, sino el mercado y la libertad del mismo; y entonces urge la preocupación por la persona: de aquí la pertinencia del personalismo ante una educación para nuestro mundo neoliberalmente global.

domingo, 22 de agosto de 2010

9 citas textuales de la Introducción a la “Propedéutica a la Filosofía de Mauricio Beuchot” (de HERNÁNDEZ F. Guillermo, BUAP, Puebla: 2010).

 
propedeutica
1. El autor del texto abre su Introducción con una cita de Guillermo Hurtado, la cual, entre otras cosas, dice: “Nadie esperaba que surgiera algo semejante a la hermenéutica analógica. A todos nos tomó por sorpresa”[1].
2. “El pensamiento filosófico de Mauricio Beuchot es un pensamiento de encrucijada. Confluencia de caminos en la que la filosofía contemporánea de México vuelve a tender la mano a la gran tradición escolástica tomista de los siglos XVI y XVII. Beuchot retoma la tradición de la filosofía novohispana, que también es mexicana, y desde ella dialoga con las grandes orientaciones de la filosofía contemporánea”[2].
COMENTARIO: Mucha de la actitud modernista tendió a la apologética, lo cual implica en su momento una confrontación, no un diálogo, que, por cierto, si algo subrayará el autor del texto que comentamos, es precisamente la actitud dialógica de Beuchot. De manera que en el ideador de la hermenéutica analógica, lo que tenemos es el esfuerzo por la conciliación, que a veces se ve en proceso, o a veces más o menos lograda, pero siempre tenemos el esfuerzo dinámico por superar todas aquellas actitudes de descalificar tal o cual pensador o escuela filosófica a priori, o peor, groseramente. V. gr: Hay tomistas que descalifican a priori a los ilustrados, y hay ilustrados que descalifican a priori a los tomistas; como hay heideggerianos que descalifican a priori a los positivistas lógicos, y éstos que descalifican a priori a los heideggerianos. Entonces, la empresa hermenéutica de Beuchot, es lo que intenta ayudarnos a superar, de una manera provechosa para hacer el diálogo, y no ingenuamente para darse la suave estérilmente. Lo cual no es poco, y mucho menos fácil: pues hay que saber ir a las diferentes tradiciones, sobre todo, cuando se habían postulado como antagónicas.
3. “[Beuchot nos ofrece] Una nueva lectura y una nueva respuesta [o sea, todo un proceso de círculo hermenéutico, que en Beuchot se logra por medio de la analogía] a los problemas centrales de la filosofía [pienso en ese tema tan traído y llevado de “La muerte de la filosofía”] en tiempos de crisis no sólo para la filosofía sino para la cultura toda”[3].
4. “El pensamiento beuchotiano ha sido ya objeto de una considerable atención que se refleja en una vasta bibliografía. (…) la dimensión y complejidad de la obra [es] el primer problema para un acercamiento serio y correcto al pensamiento de Beuchot… Estamos convencidos de que la exploración de la obra misma es la primera condición que se le impone a todo aquel que pretenda acercarse con seriedad al pensamiento filosófico de Mauricio Beuchot”.
5. “Es fácil perderse en una obra tan nutrida y que tiene tantos caminos, que a cada paso se entrecruzan, implicándose, sosteniéndose, reiterándose en un movimiento festivo que parece inasible”[4].
6. “La obra de Beuchot también ha tenido detractores. Nos referimos a los detractores, no a los críticos, que también los ha tenido, y muchos. Los verdaderos críticos son constructores y ayudan a la edificación de la obra; los detractores descalifican y son destructores. Esto no es extraño. Toda obra auténtica y grande los tiene”[5].
7. “Algunos… han descalificado la obra por el carácter del autor. Mauricio Beuchot es un sacerdote dominico, y a más, dominico. Creen ellos que eso basta para afirma la espureidad filosófica de la obra. Otros, apoyan su crítica negativa en su falta de genealogía dentro de la filosofía mexicana. Acaso piensan éstos que la invisibilidad de la raíz basta para negar la corpulencia del tronco. Otros más, quizá con una mentalidad víctima de los prejuicios de un siglo ya bastante rancio, descalifican la obra de Beuchot por su raigambre escolástica, medieval y tomista. ¿Tendrán ellos un espíritu auténticamente filosófico como para entender que la verdad no ha privilegiado a un solo tiempo? ¿O quizá se resisten a aceptar su verdadera dimensión? Otros, en fin, atendiendo al contenido de su obra, lo ven como un producto filosófico bastardo, algo extraño al carácter mexicano y latinoamericano de la filosofía. A estos quizá les falte simplemente conocer un poco más la obra”[6].
8. “Nuestro trabajo pretende, con cada capítulo, responder a estas fundamentales detracciones [de manera implícita, casi no explícita, en el sentido de que]…, nuestra intención primera no es apologética sino propedéutica a la comprensión y explicación de una filosofía que, como lo ha dicho el Dr. Guillermo Hurtado, “nos tomó por sorpresa”[7].
9. “Presentamos ahora, nuestros resultados esperando hacer con ellos más fácil la ardua tarea de comprender el pensamiento filosófico del que ha surgido no sólo una escuela sino todo un movimiento filosófico [en particular, e intelectual en general] en el momento presente de México y más actual de la filosofía”[8].

[1] p. 11.
[2] Idem.
[3] Ibid, p. 12.
[4] Idem.
[5] Ibid, p. 13.
[6] Idem.
[7] Idem.
[8] Ibid, p. 12.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El prólogo de la “Propedéutica a la Filosofía de Mauricio Beuchot.”


propedeutica

Por Jesús M. Herrera A.
“Propedéutica a la Filosofía de Mauricio Beuchot”, es el título de la obra de Guillermo Hernández Flores, (BUAP, Puebla: 2010).
Se trata de una obra tan necesaria como esperada por quienes estamos comprometidos en dar a conocer el trabajo de Mauricio Beuchot, y participando con la escuela y movimiento intelectual (ya que no es sólo filosófico), de la hermenéutica analógica.
Comentemos ahora el prólogo de la obra, mismo que le debemos a Guillermo Hurtado Pérez, Director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.
Hurtado dice que Beuchot es “el filósofo mexicano de su generación con mayor renombre nacional e internacional”.  Esta aseveración inmediatamente me hizo recordar que para Laura Benitez, Beuchot es el “monstruo de la producción filosófica”, lo cual ha sido citado por el Dr. José Benigno Zilli Manica, cuando nos habla de “El caso de Mauricio Beuchot Puente”, en su sitio: http://jbzilli3.blogspot.com/2009/09/el-caso-de-mauricio-beuchot-puente.html
Entonces Hurtado en su afirmación delimita el asunto, en orden a dejarnos ver cuál es el lugar que justamente ocupa Beuchot en el ámbito de la filosofía iberoamericana, ya que el prologuista de la obra destaca a Beuchot como el más importante de entre su “generación”.
Es que con Beuchot tenemos a un filósofo completo precisamente por su producción no sólo en cantidad, sino en calidad; es que independientemente de que se esté o no de acuerdo con la propuesta de Mauricio Beuchot, no se puede negar el trabajo serio y profundo que evidencia cada párrafo de sus escritos.  Y al respecto sigue diciendo Hurtado en su prólogo:
Tal es la cantidad de sus publicaciones [de Beuchot] en editoriales y revistas del mundo entero, que resulta extraordinariamente difícil en la actualidad –incluso para los especialistas mejor entrenados- conocer en detalle la obra filosófica completa de Beuchot.
Mauricio Beuchot es un filósofo caracterizado por su empeño en la erudición, y dando ejemplo de constructor y descubridor de la analogía, sabe entregar una enseñanza siempre moderada, sin pretensiones estériles.
De manera que siguiendo a Ana Castaña, en su reseña: sobre Walter Redmond y Mauricio Beuchot, La teoría de la argumentación en el México Colonial (UNAM, Añejos de Novohispania, 1995, pp. 310-313), resulta que Beuchot en este momento es ya una “referencia obligada” en la Filosofía iberoamericana, y muy particularmente en materia de Filosofía en México y en Filosofía latinoamericana.
Por otro lado, Hurtado dice que la obra que nos ofrece Hernández Flores, implica, justo por la dimensión del autor que aquí se trata y se nos presenta, “un ejercicio muy meticuloso y sólido de historiografía de la filosofía ya que no sólo nos ofrece una visión panorámica y a la vez detallada de la obra de Beuchot, sino que la ubica en el contexto de la filosofía mexicana de los últimos cincuenta años (…) El paisaje que nos pinta alrededor de la figura de Beuchot es, por sí solo, una contribución a la historia de la filosofía en México”.
Vaya que una de las conclusiones a las que llego, después de haber leído completamente la obra, es que Guillermo Hernández Flores nos entrega una historiografía muy original de 50 años de vida filosófica en México; por eso, de acuerdo con Hurtado, Hernández contribuye de una manera original, entregándonos un mapa muy completo de lo que ha sido ese México filosófico, dialectizándose  entre los “transterrados” y los filósofos mexicanos que iban a Europa y regresaban para actualizarnos en torno a la filosofía que allá iba cultivándose, y así, poco a poco: mencionando nombres como Caso, Vasconcelos, Ramos, Zea y otros, hasta llegar a la figura de Beuchot.

lunes, 19 de julio de 2010

Personalismo y Educación (segunda parte)


Por Jesús M. Herrera A.
Publicado en El Mexicano: 12A / LUNES 19 DE JULIO DE 2010 / TIJUANA, B.C.
Continúo con esta presentación y propuesta de la filosofía personalista, o más precisamente del Personalismo comunitario.  La primera parte quedó publicada en El Mexicano: LUNES 12 DE JULIO DE 2010 / TIJUANA, B.C., p. 10A.  Ahora hablaré de la cosmovisión o diferentes ideologías que componen el terreno en donde nace el Personalismo comunitario.
Sigo aquí también comentando a Juan Manuel Burgos para entregarles este resumen de la definición y expectativas de esta empresa intelectual, y con el esfuerzo de aterrizar todo esto en las consecuencias que una educación personalista quiere, mas también es ineludible la denuncia personalista a los distintos excesos o defectos de educaciones impersonalistas que se dejan ver en estos tiempos.
Burgos nos indica que el personalismo nace en un contexto de “materialismo intelectual”, tengamos como reunidas en conjunto una cosmovisión armada de cuatro corrientes que han comenzado a tener mucha importancia por allí desde poco antes del S. XIX: el pensar positivista, el mecanicista, el vitalista, y el evolucionista; tal vez este último, como se explicitará en breve, sea casi la mejor muestra o el icono de la cosmovisión materialista intelectual, que Burgos refiere.
Para la mentalidad que subyazca al ámbito educativo, se trata de una cosmovisión en donde triunfa la ciencia experimental: lo cual llevó “a pensar que el método científico era el único método de conocimiento válido y, yendo un paso más allá, que las únicas dimensiones que realmente existían eran las físicas y materiales, aquellas que se podían controlar mediante ese método de conocimiento”.
El evolucionismo, como el apoyo más importante para el materialismo intelectual que destaca Burgos, supone que “el hombre no era más que un producto de la evolución a partir de elementos materiales simples de carácter físico. [Y] …No había en el hombre, por tanto, una dimensión espiritual ni capacidades espirituales, sino habilidades con origen en una realidad material más evolucionada que en las plantas y los animales”.
Y en virtud de lo anterior el ser humano siente que su existencia está metida como en un corsé, puesto que sin lo espiritual no se da la libertad; un sujeto sin esa parte espiritual en su existencia, en la marcha de su vida, no es más que un simple animal (animal irracional), o un robot.  Es que lo que hace libre a alguien es conocer y amar en el mundo, pues esto es lo que permite a la persona elegir y trascender, para comenzar, en el otro, por lo menos conociéndolo, y sobre todo amándolo.
En una cosmovisión materialista intelectual se trata de pensamientos que instruyen y hacen inteligencias, según Burgos para pura retórica, mas no para “las luchas del espíritu y para los conflictos del mundo”.  Esto es, entonces, lo que implica mucha construcción y descubrimiento de la libertad, de manera que se pueda transformar el mundo, y que no se siga con la inercia y el determinismo lineal que condena al ser humano a ese mal refugio que es el destino, y se generan sociedades no sólo excluyentes, también asfixiantes.
Es de todos sabido que en una mentalidad conservadoramente cientificista, y más específicamente evolucionista, prevalece como una idea fundamental, el que la subsistencia de las especies se da a costa de las más débiles, haciendo que las más fuertes se devoren a las más débiles, justificando con ello la ley del más fuerte, se alude aquí a la fuerza vital; y las cosas así son de manera determinada, lo cual no se puede cambiar, aunque se quiera.
Como se ve, no nos satisface, y ni mucho menos, que la educación sea a partir de la ley del más fuerte.  Lo cual lamentablemente se alcanza a divisar imponiendo ideologías con el uso, muchas veces desgastado, de que por todos lados lo que se presume es formación de “líderes”, cuando hay quienes no tienen ni la mínima intención de liderar, y son felices en su empleo toda vez que son estimados porque tienen lo fundamentalmente exigible, que es el ser responsables y proactivos, amantes de lo que hacen.  Por ejemplo, vi que en una institución educativa quitaron a una excelente docente de primaria para ponerla como una pésima directora, o coordinadora de esa sección de la escuela.
Si no se tiene cuidado, la tan ahora de moda Educación en competencias, puede pecar de fundarse en la Ley del más fuerte si ésta no tiene direccionalidad: lo único que queremos es que la competitividad se funde en el amor por lo que se hace a partir de la actitud de servicio y la responsabilidad por el trabajo que se ofrece, e incluyendo en su justo lugar al que no tiene tanta actitud de liderazgo; y más aún, todo esto requiere de una educación que crea en la persona, como sujeto libre y responsable, para que haya acercamiento afectivo a ella.
Al determinismo materialista que hemos mencionado, no le cabe el pensamiento solidario y mucho menos la intención por el bien común; no cabe tampoco la atención auténtica de las minorías; digo la auténtica, no esa que se va al extremo de hacer de las minorías bombas de tiempo en la sociedad, a partir de discursos y una retórica que les hace actuar odiando a las mayorías; la autenticidad por la atención a las minorías no puede fundarse en el odio, simplemente estaríamos en el péndulo brincando de un extremo al otro sin transformar el mundo.
Entonces, la preocupación del personalismo, era de frente y para atender a la negación de “las dimensiones trascendentes –humanas y espirituales– de la persona”, conste, me parece, que no tanto para condenar a la ciencia, sino para hacerla ver sus límites y con ello, incluso, enriquecerla poniéndose en diálogo.
El personalismo, siguiendo con lo anterior, está recuperando el diálogo con la ciencia, pues este diálogo se había comenzado a perder desde el arranque de la modernidad, cuando la filosofía se había comenzado a subordinar a la ciencia: primero se subordinó a la Teología (tal vez desde antes de la modernidad) haciéndose su esclava, luego se hizo esclava de los diferentes modos de ciencia experimental.
Ahora se trata, como dice un personalista mexicano de la UNAM, Mauricio Beuchot, de hacer que la Filosofía sea compañera de la Teología y, agrego, pues también de la ciencia positiva y/o experimental, insisto que con el fin de enriquecerlas desde una actitud dialógica.  Y es que en el personalismo se supone e insiste en que la personificación de un ser humano se da tanto cuanto haya capacidad de diálogo y comunicación, Carlos Díaz es enfático en ello.
Pues bien, además de que en un contexto de Intelectualismo materialista nace el Personalismo comunitario, pues también nace en un mundo capitalista, que ha ido o se ha iniciado desde el liberalismo, lo cual comentaré en la siguiente columna, dado que aquí el especio se agotó.