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domingo, 30 de mayo de 2010

Beuchot y una ontología hermenéutica, y analógica.

Por Jesús M. Herrera Aguilar

Estimado LISANDRO Prieto Femenía, atiendo al planteamiento que por acá nos expones, donde en resumen preguntas por lo que sea para Beuchot una ontología hermenéutico analógica, precisamente en el contexto de la resistencia a la metafísica.
El asunto es amplísimo; espero tocar los tópicos más básicos de la consecución de una nueva ontología o metafísica desde la hermenéutica analógica.
Beuchot no distingue entre ontología y metafísica, pues ya esa indistinción es algo analógico, la distinción supone una escisión entre dos bloques antagónicos, ya que unos abrogan una metafísica y se abren a la posibilidad de una ontología, como Vattimo que le llama débil a su ontología en tanto que renuncie a una metafísica; más, al margen del cultivo heideggeriano de la ontología, y hay quienes como, o en seguimiento de Levinas, que proponen una metafísica.
Así abordaría, pues, el contexto Beuchot, aprovechando los dos caminos más representativos que está tomando el asunto, de manera que Beuchot no observa una resistencia absurda a la metafísica, sino más bien observa y asegura que se está trabajando en la consecución de una nueva ontología, “hermeneutizada”, dice él [BEUCHOT Mauricio, “En el camino de la hermenéutica analógica”, San Esteban, Salamanca (España) 2005, p. 129], en el sentido de que no tendrá las pretensiones univocistas, i. e., violentas, monolíticas, instrumentalistas, egológicas, etc…, de la metafísica moderna, o que, a mi ver, convirtieron en lecturas unívoas a los clásicos antiguos y medievales, de manera que se hace válida la resistencia que muchos hacemos de una y otra forma, por ejemplo, cuando se quiere ver a Aristóteles como el primer conductista sin mas. En esta búsqueda que es ya una empresa, se quiere inscribir una hermenéutica analógica.
Dice Beuchot que “Heidegger, Derrida y Lévinas claman contra la metafísica de la presencia y de la representación, y piden una metafísica de la ausencia; pero esto se muestra demasiado disolvente, en contraposición con el rigorismo anterior; resulta mejor una metafísica de la pre-ausencia, o de la post-presencia o des-presencia; el Ser no está presente del todo, en cierta medida está ausente, incluso mayoritariamente. Sin embargo, tampoco está ausente del todo. Así, es una metafísica del umbral.” [Ibid, p. 130]. Se trata del respeto al poco acercamiento que se pueda tener al ser, y de no sentirse dueño del ser porque nos vayamos con la inercia del pretencioso conocimiento ponderable y cuantitativo, instrumental y positivista que a su modo, da cuenta del ser.
Algo se dice, pero mucho se calla del ser, tanto desde un flanco como del otro; Beuchot intenta aprovechar y no seguir escindiendo el callar y el decir que advertía Wittgenstein, más bien apuesta a que se puede decir callando, más hay que dar el paso a un suficiente decir (en casi todas sus obras habla de un decir y/o conocer pobre pero suficiente), como para que no haya que conformarnos con un agnosticismo epistémico que, probado está, no se sostuvo, pues no llegó a dar sentido: por insistir en que lo ideal era lo real, con lo que se entificaba la realidad y se logificaba a la inteligencia (son precisiones que me gustan de Zubiri pero les encuentro eco o analogía con la empresa de Beuchot); en hermenéutica analógica sospechamos moderadamente del conocer en orden a tener cuidado con el ser o la realidad (que no quisiéramos escindir).
Beuchot ve, como un referente obligado que es en el cultivo del medioevo, que la hermenéutica [analógica] es virtualmente metafísica, que le puede dar fundamento a la ontología más que seguir viéndola (tradicionalistamente a la hermenéutica) como enemiga de la ontología o metafísica[BEUCHOT M., “Perfiles esenciales de la hermenéutica”, México, FCE/UNAM: 2008, pp. 75ss]. Varias son las razones que lo posibilitan, aquí menciono que se trata simplemente de no caer en el juego por el juego de la interpretación, metaforizando metáforas como sugieren algunos, o negando que las interpretaciones no tienen un hecho que las originó, pues siempre hay un contexto, i.e., un hecho; así el interpretar es un interpretar algo, el interpretar nos reconduce al ser, pero de manera analógica, precisamente porque se accede desde la hermenéutica, ya ello mitiga, y mucho, el acceso unívoco que efectivamente se llegó a hacer, pero lo analógico cuida de no caer en una hermenéutica lúdica que niegue el ser.
Finalmente, me gustaría mencionar algunas ideas que ya veo más propias de Beuchot, más personales, en el sentido de que nos deja ver qué lo asiste como un hermeneuta en busca de una ontología en la historia de las ideas para una posmodernidad que tiene pisando el trance de un siglo a otro; lo que sigue es ya su síntesis, pues que queda supuesto su marco teórico y su metodología que tanto le caracteriza, para hacerse presente él, jugándosela, pues, como filósofo en un ambiente posmoderno antimetafísico; es una posmodernidad sospechosa (y con razón) de cualquier intento metafísico, aunque llega a serlo radicalmente (lo cual puede ser muy equívoco):
Beuchot en su búsqueda metafísica u ontológica sigue a los peripatéticos y a Aristóteles “y [aclara] no tanto el que le dio Andrónico, inventor casual del término” [En lo que sigue estaré recogiendo ideas de BEUCHOT M., “Microcosmos. El hombre como compendio del ser”, Coahuila, Universidad Autónoma de Coahuila/Siglo XXI (Escritores Coahuilenses, Segunda serie): 2009, pp. 139ss.], para recordarnos sin prejuicios univocistas que la metafísica quiere él que sea sabiduría del ente, y con el fin de que esta expresión aristotélica no sea “fantasmagoría inexistente”, sobre todo hoy, hace intervenir el “Fausto” de Goethe, cuando allí se dice que con una actitud metafísica se abarca “con espíritu profundo lo que no se adapta al cerebro humano”.
Beuchot asegura en la obra que comentamos, que hay un “instinto metafísico” en la persona, precisamente porque ella es un “microcosmos”, lo cual puede decir asistiéndose de la sabiduría medieval y antigua que tanto lo caracteriza y sabe actualizar, precisamente, en su labor como hermeneuta. De aquí que Beuchot busque el cuidado posmoderno de la otra ontología que se está buscando, y en ello le apuesta a la analogía para arrostrar y ganar el reto. Y es que Beuchot insiste de diversas maneras que el seguir en el camino de un nihilismo pasivo engendra una metafísica que le niega las expectativas al “instinto metafísico” de conseguirse un encuentro con lo metafísico, o peor también una regresión a la metafísica que con justa razón se rechaza, también la metafísica modernista niega el encuentro con el ser, con lo metafísico.
Lisandro, pues mucho más hay que decir, mejor sigamos en el diálogo para ver por dónde continuar… un saludo y gracias por tu intervención acá, en este espacio analógico.

jueves, 18 de febrero de 2010

La educación ante la cultura de la imagen


Imagen tomada de: http://www.cancunforos.com/wp-content/uploads/2008/12/cultura-cancun.png
Por Jesús M. Herrera A.
Publicado en Diario El Mexicano: TIJUANA, B.C. / LUNES 15 DE FEBRERO DE 2010 / 23A
Terminaba diciendo en mi columna pasada que es importante reflexionar y valorar el uso de la tecnología en la educación, desde este contexto que nos asiste: que es el de una cultura de la imagen.
Una cultura de la imagen impone dogmáticamente que lo que no se ve no es real; en educación por ejemplo, si no se tiene cuidado, se llega a viciar y desvirtuar el uso de los recursos multimedia, lo cual a veces impone una imagen distorsionada, o por lo menos no muy conveniente para la aprehensión de objetos reales, no obstante la dificultad de acceder a ellos por especulación, comenzando por las matemáticas y por sobre todo con material que es propio de la filosofía: como es la enseñanza de la ética o los valores.
Una consigna por tener en cuenta, a propósito de lo que es objeto de la filosofía, como es la enseñanza de los valores, es que los recursos audiovisuales logren hacer pensar, logren conducir a la consecución de lo que es metafísico, como el bien, sobre todo el bien moral, el cual no es verificable empíricamente precisamente por ser algo metafísico (por cierto, es molesto para el filósofo que se confunda metafísica con esoterismo, evítese esto, por favor).
Entonces, pido un poco de paciencia para seguir hablando en torno a qué sea la metafísica, sobre todo tratando de justificarla en torno a la realidad virtual, que hay que usar desde ya en la educación.  Trataré de hacerlo lo más ágilmente posible apoyado en la filosofía clásica, que creo es la que ayuda más cuando no se habla de esto a un público especializado.
Hay cosas que se perciben con los sentidos (son sensibles): ver, oír, tocar, gustar, oler, pero hay otras cosas que se ven con la inteligencia (son inteligibles), precisamente, a partir de los sentidos (no al margen de ellos), y lo que se intelige es, pues, lo metafísico.
Es que si buscamos ser capaces de pasar de la imagen a la idea, de no quedarnos atrapados en el mundo de la imagen, es esencial para ello el tener una visión metafísica de las cosas, lo cual aquí no es otra cosa que saber ver más allá de los sentidos (vulgarmente se dice ver más allá de las narices); y no es que se haya de devaluar lo sensible, más bien se trata de encontrar ese ángulo para ver mejor las cosas.  Colocarse, pues, en el mejor ángulo, es tener una actitud metafísica ante la realidad, y definitivamente, ante la vida.
Y es que haciendo uso de la sabiduría aristotélica y escolástica de la filosofía, este asunto de alcanzar realidades metafísicas, implica el dar ese paso que mencionaba en mi columna pasada, de ir de lo virtual a lo real, ya que, insisto, lo virtual de alguna manera se hará real, y lo virtual es siempre de orden metafísico, no obstante su explicación física a la que no se restringe, ya que no lo agota.  Y estos pasos son un reto, y sobre todo urgente en el mundo que nos toca vivir, en esta situación de anemia simbólica, como dice José María Mardones al referirse a una cultura de la imagen.
Esta consigna es posible, la de pasar de lo físico a lo metafísico.  Aristóteles es paradigmático en ir desde la imagen hasta la idea; en ver cómo se pasa de lo sensible a lo inteligible: en que desde la observación del movimiento físico el estagirita pasó al descubrimiento del movimiento metafísico; para la tradición aristotélica algunos ejemplos de movimientos metafísicos, creo yo que significativos para nosotros (y por ello es que los menciono), son los movimientos de orden psíquico, los más básicos de ellos son el conocer y el amar.
Estas actividades (de conocer y amar para esta tradición aristotélica), pues, son referencias de movimientos que no son de orden físico, que, pues, por ello, no están sujetos a las leyes espacio temporales, propias de la materia.  Y estas realidades no es que se contrapongan a las explicaciones materialistas, o de orden físico, las asumen, las suponen, mas no se limitan a la explicación, más bien pueden irse acogiendo en las explicaciones físicas hasta que llegan a la comprensión, i. e., que llegan a dar un sentido a quien las conoce, y entonces –aplicado esto a la educación– se pasa del conocer al educarse, ya que la obtención del sentido ha de materializarse en algo bueno, que viene de lo más íntimo de la persona, ya que ella educe algo bueno, un bien (y acordémonos que educar es educir).
Se habla mucho en los ámbitos educativos de aprendizaje significativo, pues bien, cuando el objeto se conoce y termina en la comprensión, no restringiéndose a la explicación, sino que va integrándose en una personalidad es cuando se va dando, a mi ver, un auténtico aprendizaje significativo.
Y lo anterior va porque es exagerado el que el aprendizaje significativo pretenda ser algo inmediato, a corto plazo.  Es que en el ámbito de la educación en valores y lo concerniente a filosofía, no puede darse tal inmediatez; siguiendo a Guillermo Hurtado, no es justo que se quiera enseñar la filosofía como si fuera igual a enseñar computación, inglés o educación física.
En la línea pues, de enseñar frente a una cultura de la imagen, es que humanizar nuestro trabajo educador significa, como ya nos enseñó Platón, no conformarnos con lo que está inmediatamente en nuestros sentidos.
La cultura de la imagen que aquí denunciamos, es la que reduce todo, precisamente, a imagen, nos quedamos atorados en ella; la imagen se convierte en un ídolo, puesto que permitimos que detente un lugar; la imagen detenta el lugar de la idea (que fue la que la engendró, pues antes de haber imágenes hay ideas); la imagen puede distraer de lo importante, y con ello llegar a confundir.  Y más todavía, ya se ha dicho que la saturación de imágenes llega a inmovilizar la inteligencia y la voluntad, la facultad de conocer y de amar respectivamente.
Y de lo que se trata, pues, no es de dejarnos dominar por la imagen quedándose ésta como ídolo, más bien que la imagen sea icono, porque, según Mauricio Beuchot siguiendo a Peirce, el icono nos deja pasar del fragmento al todo; la cultura posmoderna se ha dicho que es cultura del fragmento, en este caso la imagen es un fragmento de la realidad, la imagen puede simbolizar la realidad.
De una urgencia y exigencia por saber ver metafísicamente, i. e., con la inteligencia, lo cual no es exclusivo del filósofo, aunque sea éste el profesional de la metafísica; se propone proceder a leer icónica o simbólicamente la realidad, esto implica el cultivarnos en esto que denominamos razón simbólica, con el fin de tener cartas para educar dentro de este contexto de cultura de la imagen.  Donde incluso ya hay licenciaturas y posgrados en imagología.
El uso del símbolo o icono, pues, es el que puede orientar a la imagen, para que ésta se aproveche (sea ícono o icono) y no distraiga del sentido (siendo ídolo).  El uso del símbolo o icono (que aquí son sinónimos), en tanto que nos permita hacer metafísica, nos conducirá a darle contenido, o a armar ese difícil rompecabezas de la realidad en la que se quiere vivir.  Hay que educar, pues, para saber simbolizar la realidad.